miércoles, abril 8

El tren precintado de Lenin

Lenin en París. 1910

Súbitamente, la dirección de la revolución en Rusia se hizo urgente para la estrategia global de Alemania. Alexander Helphand [antiguo asociado de Lenin en los días de Iskra, y ahora contacto del gobierno alemán] asumió un papel importante, viéndose a sí mismo como un hacedor de reyes. Curiosamente, Jacob Furstenberg, antiguo compañero de Lenin en la Comisión Malinovsky, era el administrador de la empresa de Helphand. Aquél cableó a Lenin ofreciéndole tránsito hacia Rusia para dos personas.

Lenin fue cauto. “El tío quiere saber más. Tránsito oficial para individuos inaceptable”, respondió Zinoviev en su nombre.

Lenin esperaba reducir el inmenso riesgo político viajando con un grupo variado de exiliados, no sólo bolcheviques, buscando además la aprobación de San Petersburgo. Esto último era una vana esperanza. Paul Miliukov, el nuevo ministro de asuntos extranjeros, y Alexander Kerensky, ministro de justicia, eran patriotas. Sin duda, ellos no querrían en Rusia a Lenin y otros socialistas antibelicistas.

Mártov, de hecho, había tenido la misma idea de un grupo mixto –pero, como era de esperar, ninguna autorización llegaba. El 18 (31) de marzo de 1917, con Mártov insistiendo en esperar, Lenin decidió que él iría de todas maneras, aunque sin la ayuda directa de Helphand.

Un camarada suizo ya había hecho contacto con Gisbert von Romberg, el embajador alemán en Berna, explorando las posibilidades de pasar Alemania en tren. Ahora Lenin, confirmaba el requerimiento mediante cable. Sus condiciones: el tren deberá ser “precintado” y tendrá el status de extraterritorialidad de una embajada. Ningún ruso hablaría a ningún alemán durante el viaje. Para evitar eso, Fritz Platten, un socialdemócrata suizo, estaría a cargo del grupo y sería el contacto cuando fuera necesario…

El 2 de abril [20 de marzo, fecha rusa], tres días después, Romberg recibió órdenes de la Wilhelmstrasse para apurar los arreglos. Al siguiente día, Lenin cableó a sus hermanas en San Petersburgo: “Llegamos el lunes a las 11 p.m. Informar a Pravda”.

Fritz Platten llamó a Romberg y demandó que el “tránsito seguro” de los exiliados debería ser garantizado, insistió que ningún nombre sería dado, sólo números, y que cada uno pagaría su pasaje. El ministro estuvo de acuerdo, pero Lenin permanecía preocupado. Se estaba poniendo en las manos de su enemigo declarado, el Kaiser Guillermo II, en un momento en que la revolución había echado a su primo el zar…

Mientras tanto, el tren de Lenin estaba causando amplia preocupación en el exterior. Desde Berna, el embajador británico Sir Horace Rumbold informaba que a un grupo de socialistas y anarquistas rusos, a favor de una paz inmediata con Alemania, le estaba por ser otorgado tránsito seguro. Desde Londres, la Oficina de Asuntos Exteriores cableó las nuevas a Sir George Buchanan en San Petersburgo, preguntándole si el nuevo gobierno “tenía intenciones de tomar alguna medida contra este peligro”…

En Halifax, Nueva Escocia, Trotsky y sus amigos, que habían estado en Estados Unidos, habían sido arrestados en su viaje a casa en un barco británico…

Había un buen motivo de ansiedad en Londres. Una nueva gran ofensiva aliada estaba planeada para el 9 de abril [27 de marzo, en calendario ruso] de 1917. Mientras los telegramas se intercambiaban entre las distintas embajadas, las tropas se ponían en posición, con artillería y suministros, en el norte de Francia.

Para Lenin, las noticias provenientes de Rusia eran alarmantes. Un periódico francés, Le Petit Parisien, informaba que Miliukov había amenazado con enjuiciar bajo los cargos de alta traición a cualquiera que viaje a través de Alemania. En San Petersburgo, los líderes del partido no podían contactar con Lenin y descubrieron con alarma que sus cables habían sido bloqueados por orden del nuevo gobierno.

Un mensajero, Maria Stetskevich, fue enviado a Suecia para comunicarse con Suiza. El 2 de abril (20 de marzo), regresó a la capital con cartas de Lenin y Jacob Furstenberg informando al Comité Central acerca del tren precintado…

El Comité Central estaba preocupado por el problema del tren pero, al igual que Lenin, aceptaba el riesgo…

Romberg, que comprendía la preocupación de Lenin, trató de persuadir a algunos SRs para que se unieran al grupo, pero ellos rehusaron, como lo hicieron Martov y los mencheviques. Todos insistían en la autorización de Rusia.

El lunes en la mañana del 9 de abril [27 de marzo], sólo unas pocas horas después de que los aliados habían lanzado una nueva ofensiva en las líneas alemanas de Arras, el grupo de Lenin se reunió –treintados, incluyendo dos niños- en el Volkshaus en Berna…

Abordaron el tren a Zurich, donde almorzaron con unos amigos suizos. Lenin pronunció un importante discurso…

Después regresaron al Bahnhof Zurich, donde una airada multitud los esperaba en el andén. En medio de los gritos (“provocadores”, “espías”, “cerdos”, “traidores”), el grupo abordó el tren que los llevaría a la frontera. A las 3:10 p.m., partieron mientras los manifestantes golpeaban el vagón con palos. Uno de los viajeros sacó por la ventana, desafiante, un pañuelo rojo.

El verdadero “tren precintado” los esperaba en Gottmadingen, una pequeña estación en las montañas del lado alemán de la frontera suiza…

No era tanto un tren sino un vagón verde con ocho compartimentos –tres de segunda clase y cinco de tercera- y un vagón para el equipaje. Dos oficiales a manera de escolta viajarían con ellos, ocupando el último compartimento de tercera clase. El concepto de “precintado” consistía en una línea blanca trazada con tiza en el suelo del corredor. Nadie estaba permitido cruzar la línea excepto Fritz Platten. Había baños a cada extremo del vagón, de tal manera que los alemanes no tenían necesidad de ingresar a “territorio ruso”. Platten era la única persona permitida para hablar con ellos…

Tres de las cuatro puertas externas del vagón fueron selladas, excepto la última de los oficiales alemanes. Tan pronto como partió el tren de la estación Gottmadingen, la pesimista ansiedad de los viajeros se disipó y los ánimos se levantaron. Había risas y bromas. Algunos de los jóvenes empezaron a cantar “La Marsellesa”, y a ello se sumaron los otros compartimentos…

Extraído de Lenin’s mistress, de Michael Pearson, 2001. Traducción propia.

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