jueves, agosto 6

A todos los trabajadores, a todos los obreros y soldados de Petrogrado

Rabochi i Soldat Nº 2 del 24 de julio (6 de agosto) de 1917

Camaradas:

Rusia está viviendo días penosos.

Tres años de una guerra que ha devorado incontables víctimas han conducido al país al agotamiento. La desorganización del transporte y el desbarajuste en el problema de las subsistencias amenazan a las masas con el hambre. El desbarajuste en la industria y el cierre de las fábricas cuartean los cimientos mismos de la economía nacional.

Entretanto, la guerra continúa, agravando la crisis general y llevando al país a la ruina completa.

El Gobierno Provisional, llamado a “salvar” al país, ha resultado incapaz de cumplir su misión. Y por si ello fuera poco, ha embrollado todavía más las cosas, iniciando la ofensiva en el frente y prolongando de este modo la guerra, causa básica de la crisis general por que atraviesa el país.

El resultado es una situación de absoluta inestabilidad del Poder, la crisis y el desmoronamiento del Poder, cosa que todos gritan, sin que se tome ninguna medida seria para remediarla.

El hecho de que los demócratas constitucionalistas hayan salido del gobierno ha puesto al desnudo una vez más que el ministerio de coalición es artificial y nada viable.

Y la retirada de nuestras tropas en el frente, después de su famosa ofensiva, ha demostrado lo fatídico de la política de ofensiva y ha llevado así la crisis al extremo, echando por los suelos el prestigio del Poder y privándole de créditos, tanto de la burguesía “nacional” como de la “aliada”.

Se ha creado una situación crítica. Ante los “salvadores” de la revolución se abrían dos caminos:

O continuar la guerra y proseguir la “ofensiva”, y entonces el Poder debería ser transferido inevitablemente a la burguesía contrarrevolucionaria, para obtener dinero mediante empréstitos interiores y exteriores; pues, en el caso contrario, la burguesía no entraría en el gobierno, el empréstito interior no cuajaría, Inglaterra y Norteamérica negarían créditos, y “salvar” al país en tales circunstancias significaría cubrir los gastos de guerra a expensas de los obreros y de los campesinos, en beneficio de los tiburones imperialistas rusos y “aliados”.

O el paso del Poder a manos de los obreros y de los campesinos pobres, la proclamación de unas condiciones democráticas de paz y el cese de la guerra, para impulsar adelante la revolución y entregar la tierra a los campesinos, establecer el control obrero en la industria y poner orden en la economía nacional, que se está desmoronando, a expensas de los beneficios de los capitalistas y los terratenientes.

El primer caminó conduce al fortalecimiento del Poder de las clases poseedoras sobre los trabajadores y a la conversión de Rusia en una colonia de Inglaterra, Norteamérica y Francia.

El segundo camino abre la era de la revolución obrera en Europa, rompe las ligaduras financieras que tienen maniatada a Rusia, sacude los cimientos mismos de la dominación burguesa y desbroza el camino para la auténtica liberación de Rusia.

La manifestación del 3 y el 4 de julio fue un llamamiento de las masas de obreros y soldados invitando a los partidos socialistas a emprender el segundo camino, el camino del desarrollo sucesivo de la revolución. Este es el sentido político de la manifestación y en esto reside su gran importancia histórica.

Pero el Gobierno Provisional y los partidos gubernamentales eserista y menchevique, que no extraen sus fuerzas de las acciones revolucionarias de los obreros y de los campesinos, sino de las componendas con la burguesía demócrata constitucionalista, han preferido el primer camino, el camino de adaptarse a la contrarrevolución.

En vez de tender la mano a los manifestantes y luchar a su lado, una vez tomado el Poder, contra la burguesía imperialista “aliada” y “nacional” para salvar efectivamente a la revolución, concertaron una alianza con la burguesía contrarrevolucionaria y volvieron sus armas contra los manifestantes, contra los obreros y los soldados, lanzando contra ellos a los cadetes y a los cosacos.

De este modo han traicionado a la revolución y abierto de par en par las puertas a la contrarrevolución. Y desde el fondo mismo de la vida se ha levantado una oleada de agua cenagosa, que ha cubierto de inmundo fango cuanto hay de honrado y de noble.

Registros y asaltos, detenciones y palizas, torturas y asesinatos, clausura de periódicos y de organizaciones, desarme de los obreros y disolución de regimientos, disolución de la Dieta de Finlandia, restricción de las libertades y restablecimiento de la pena de muerte, desenfreno de los pistoleros y de los agentes del contraespionaje, mentiras y calumnias infames, y todo ello con el acuerdo tácito de los eseristas y de los mencheviques: tales son, los primeros pasos de la contrarrevolución.

Los imperialistas aliados y rusos y el partido de los demócratas constitucionalistas, la alta oficialidad y los cadetes, los cosacos y los agentes del contraespionaje: ésas son las fuerzas de la contrarrevolución.

Al dictado de estos grupos se confeccionan las listas de los ministros del Gobierno Provisional, y los ministros surgen y desaparecen como marionetas.

Siguiendo instrucciones de estos grupos, se entrega a los bolcheviques y a Chernov, se depuran los regimientos y las tripulaciones de los buques, se fusila a los soldados y se disuelven regimientos en el frente, se convierte el Gobierno Provisional en un juguete en manos de Kerensky, se hace del Comité Ejecutivo Central de los Soviets un simple apéndice de ese juguete, la “democracia revolucionaria” renuncia vergonzosamente a sus derechos y obligaciones y se restablece en sus derechos a la Duma zarista, abolida recientemente.

La cosa llega al extremo de que en la “histórica Conferencia” celebrada en el Palacio de Invierno (el 21 de julio) se ponen bien claramente de acuerdo (¡traman un complot!) para seguir frenando a la revolución; y, temerosos de ser desenmascarados por los bolcheviques, no los invitan a la Conferencia.

Y en perspectiva está la “Conferencia de Moscú”, en la que se disponen a enterrar definitivamente la libertad, lograda con sangre...

Todo eso se hace con el concurso de los mencheviques y de los eseristas, que entregan cobardemente una posición tras otra, se autoflagelan y flagelan de un modo humillante a sus organizaciones y pisotean de modo criminal las conquistas de la revolución...

¡Jamás los “representantes” de la democracia se habían comportado tan indignamente como ahora, en estos días históricos! ¡Jamás habían caído tan bajo como ahora!

¿Puede asombrarnos, después de todo eso, que la contrarrevolución se haya insolentado y cubra de fango todo lo honrado, todo lo revolucionario?

¿Puede asombrarnos, después de ello, que venales mercenarios y calumniadores cobardes se atrevan a “acusar” públicamente de “traición” a los jefes de nuestro Partido, que los bandidos de la pluma de los periódicos burgueses se dediquen a orear con desfachatez esa “acusación” y que el llamado Poder fiscal publique, sin el menor recato, los llamados materiales “sobre el asunto de Lenin”, etc.?

Evidentemente, esos señores quieren desorganizar nuestras filas, sembrar dudas y confusión entre nosotros fomentar la desconfianza hacia nuestros jefes.

¡Miserables! ¡No saben que los nombres de nuestros jefes nunca han sido tan queridos y entrañables para la clase obrera como ahora, cuando la insolentada canalla burguesa los cubre de lodo!

¡Vendidos! No advierten que cuanto más brutales son las calumnias de los mercenarios burgueses, mayor es el cariño que los obreros tienen a sus jefes, más ilimitada su confianza en ellos, pues los obreros saben por experiencia que las calumnias de los enemigos contra los jefes del proletariado son un síntoma infalible de que los jefes sirven con honradez a la clase proletaria.

El infamante estigma de calumniadores sin honor es el regalo que les hacemos, señores Aléxinski y Búrtsev, Pereviérzev y Dobronrávov. Acepten este estigma, ofrecido en nombre de los 32.000 obreros organizados de Petrogrado que nos han elegido, y llévenlo hasta la tumba. Lo tienen merecido.

Y ustedes, señores capitalistas y terratenientes, banqueros y especuladores, popes y agentes del contraespionaje, todos ustedes, forjadores de cadenas para los pueblos, se apresuran demasiado a cantar victoria, se apresuran demasiado a sepultar la Gran Revolución Rusa.

La revolución vive, y aun ha de hacer patente su existencia, señores sepultureros.

La guerra y el desbarajuste económico siguen, y no es con represiones salvajes como se conseguirá curar las heridas que esa situación causa.

Las fuerzas subterráneas de la revolución viven, realizando su infatigable labor de revolucionarización del país.

Los campesinos aun no han recibido la tierra. Y lucharán, porque no pueden vivir sin tierra.

Los obreros aun no han conseguido que se establezca su control en las fábricas. Y lucharán por conseguirlo, porque el desbarajuste reinante en la industria les amenaza con el paro.

A los soldados y a los marinos se los quiere empujar atrás, a la vieja disciplina. Ellos lucharán por la libertad, porque se la tienen bien merecida.

No, señores contrarrevolucionarios, la revolución no ha muerto; no ha hecho más que replegarse sobre sí misma, para agrupar nuevos partidarios y lanzarse con fuerza redoblada sobre los enemigos.

“¡Estamos vivos, hierve nuestra roja sangre con el fuego de fuerzas inagotables!”.

Y allá en Occidente, en Inglaterra y en Alemania, en Francia y en Austria, ¿acaso allí no ondea ya la bandera de la revolución obrera?, ¿Acaso allí no se organizan ya Soviets de Diputados Obreros y Soldados?

¡Aun habrá batallas! ¡Aun habrá victorias!

Lo que hace falta es llegar a esas batallas futuras debidamente preparados y organizados.

Obreros: A ustedes les ha correspondido el honroso papel de jefes de la revolución rusa. Agrupen a las masas en torno vuestro, agrúpenlos bajo la bandera de nuestro Partido. Recuerden que en los duros momentos de las jornadas de julio, cuando los enemigos del pueblo ametrallaban a la revolución, los bolcheviques fueron el único partido que no desertó de las barriadas obreras. Recuerden que en aquellos días difíciles los mencheviques y los eseristas se encontraban en el campo de los que se ensañaban contra los obreros y los desarmaban. ¡Pónganse bajo nuestra bandera, camaradas!

Campesinos: Vuestros jefes no han justificado vuestras esperanzas. Se han arrastrado a la zaga de la contrarrevolución, y ustedes siguen sin tierra, porque mientras domine la contrarrevolución, no lograrán recibir la tierra de los terratenientes. Los obreros son vuestros únicos aliados fieles. Sólo en alianza con ellos obtendrán la tierra y la libertad. ¡Agrúpense, pues, en torno a los obreros!

Soldados: La fuerza de la revolución está en la unión del pueblo y los soldados. Los ministros vienen y se van, pero el pueblo queda. ¡Estén siempre con el pueblo y luchen en sus filas!

¡Abajo la contrarrevolución!
¡Viva la revolución!
¡Vivan el socialismo y la confraternidad de los pueblos!

La Conferencia local de Petrogrado del POSDR (bolchevique)
(Escrito por José Stalin)

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