lunes, julio 27

A propósito de las consignas (Lenin)

Ocurre con harta frecuencia que, cuando la historia da un viraje brusco, hasta los partidos avanzados necesitan de un período más o menos largo para habituarse a la nueva situación y repiten consignas que, si bien ayer eran justas, hoy han perdido ya toda razón de ser, han perdido su sentido tan “súbitamente” como “súbito” es el brusco viraje de la historia.

Algo semejante puede ocurrir, a lo que parece, con la consigna del paso de todo el poder a los Soviets. Durante un período ya para siempre fenecido de nuestra revolución, desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio, pongamos por caso, esta consigna era acertada. Pero hoy, evidentemente, ha dejado de serlo. Sin comprender esto, tampoco podremos comprender ninguno de los problemas esenciales de la actualidad. Cada consigna debe dimanar siempre del conjunto de peculiaridades de una determinada situación política. Y hoy, después del 4 de julio, la situación política de Rusia es radicalmente distinta de la que imperó desde el 27 de febrero hasta esa fecha.

Entonces, durante aquel período ya fenecido de la revolución, en el Estado predominaba la llamada “dualidad de poderes”, fenómeno que expresaba, material y formalmente, el carácter indefinido y de transición del poder público. No olvidemos que el problema del poder es el problema fundamental de toda revolución.

Durante aquel período, el poder se mantenía en un estado de desequilibrio. Lo compartían, por acuerdo voluntario, el Gobierno Provisional y los Soviets. Estos últimos eran delegaciones de la masa de obreros y soldados armados y libres, es decir, no sometidos a ninguna violencia exterior. Las armas en manos del pueblo y éste libre de toda violencia exterior: tal era el fondo de la cuestión. Esto era lo que abría y garantizaba a toda la revolución un camino pacífico de desarrollo. La consigna de “Todo el poder a los Soviets” significaba el paso inmediato, realizable directamente en esta vía de desarrollo pacífico. Era la consigna de desarrollo pacífico de la revolución, que desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio fue posible y como es natural, el más deseable de todos, pero que hoy es ya absolutamente imposible.
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...hoy, esa lucha, la lucha por la entrega oportuna del poder a los Soviets, ha terminado. La vía pacífica de desarrollo de la revolución se ha hecho imposible. Ha empezado el camino no pacífico, el más doloroso de todos.

El viraje del 4 de julio consiste precisamente en que, a partir de él, ha cambiado bruscamente la situación objetiva. El equilibrio inestable del poder ha cesado; el poder ha pasado, en el lugar decisivo, a manos de la contrarrevolución... El 27 de febrero, todas las clases se hallaron unidas contra la monarquía. A partir del 4 de julio, la burguesía contrarrevolucionaria, del brazo de los monárquicos y de las centurias negras, ha puesto a su lado a los eseristas y mencheviques pequeñoburgueses, apelando en parte a la intimidación, y ha entregado de hecho el poder a los Cavaignac, a una pandilla militar que fusila en el frente a los insubordinados y persigue en Petrogrado a los bolcheviques.

En estas condiciones, la consigna del paso del poder a los Soviets parecería una quijotada o una burla. Mantener esta consigna equivaldría, objetivamente, a engañar al pueblo a infundirle la ilusión de que basta, incluso ahora, con que los Soviets se limiten a querer o a acordar de tomar el poder para que éste vaya a parar a sus manos; la ilusión de que en el Soviet siguen actuando unos partidos no manchados todavía por su complicidad con los verdugos, y de que lo ocurrido puede borrarse de un plumazo.

... hoy es ya imposible tomar el poder por vía pacífica. Para llegar a él hay que derrotar, luchando resueltamente, a los verdaderos detentadores del poder en el momento actual: a la pandilla militar, a los Cavaignac, que se apoyan en las tropas reaccionarias trasladadas a Petrogrado, en los democonstitucionalistas y en los monárquicos.

La esencia del problema consiste en que estos nuevos detentadores del poder pueden ser vencidos únicamente por las masas revolucionarias del pueblo, para cuyo movimiento es condición indispensable no sólo que sean dirigidas por el proletariado, sino también que vuelvan la espalda a los partidos eserista y menchevique, que han traicionado la causa de la revolución.
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El problema fundamental de la revolución, decíamos, es el problema del poder. A esto debemos añadir: precisamente las revoluciones nos muestran a cada paso cómo se vela la cuestión de saber dónde está el verdadero poder y ponen de relieve la diferencia existente entre el poder formal y el efectivo. En eso precisamente estriba una de las peculiaridades más importantes de todo período revolucionario. En marzo y abril de 1917 no se sabía si el poder efectivo estaba en manos del gobierno o del Soviet.

...Hoy lo constituyen los cadetes y los cosacos reaccionarios, traídos expresamente a Petrogrado; los que retienen en la cárcel a Kámenev y a otros; los que han prohibido Pravda; los que han desarmado a los obreros y a una parte determinada de los soldados; los que fusilan a una parte no menos determinada de los soldados y a una parte no menos determinada de las tropas en el ejército. Esos verdugos son hoy el poder efectivo. Los Tsereteli y los Chernov son ministros sin poder, ministros fantoches, líderes de partidos que apoyan la política de los verdugos. Esto es un hecho. Y este hecho no cambia porque Tsereteli y Chernov personalmente “no aprueben”, quizás, los actos de los verdugos ni porque sus periódicos nieguen tímidamente toda relación con estos últimos, pues tal mudanza de atavío político no modifica en nada la esencia del problema.
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El pueblo debe saber, ante todo y sobre todo, la verdad; debe saber en manos de quién se encuentra, en realidad, el poder del Estado. Al pueblo hay que decirle toda la verdad: hay que decirle que el poder está en manos de una pandilla de militares a lo Cavaignac (en manos de Kerenski, de ciertos generales, oficiales, etc.), apoyados por la burguesía como clase, con el partido de los democonstitucionalistas a la cabeza y con todos los monárquicos, que actúan a través de toda la prensa ultrarreaccionaria, a través de Nóvoie Vremia, Zhivoie Slovo, etc., etc.

Hay que derrocar este poder. Sin eso, todo lo que se hable de combatir a la contrarrevolución no será más que frases hueras, no será más que “engañarnos a nosotros mismos y engañar al pueblo”.

Este poder es apoyado hoy también por los ministros Tsereteli y Chernov y sus partidos. Hay que aclarar al pueblo su papel de verdugos y hacerle ver la ineluctabilidad de que dichos partidos llegasen a este “final” después de sus “errores” del 21 de abril, del 5 de mayo56, del 9 de junio y del 4 de julio; después de aprobar la política de la ofensiva, una política que en sus nueve décimas partes predeterminó la victoria de los Cavaignac en julio.

... la batalla decisiva sólo podrá darse cuando la revolución vuelva a prender con impulso ascensional en lo más profundo de las masas...

...A excepción del proletariado revolucionario, no hay nada, ninguna fuerza, capaz de derrocar a la contrarrevolución burguesa. Es precisamente el proletariado revolucionario el que, aprovechando la experiencia de julio de 1917, debe tomar el poder por su cuenta; sin eso es imposible el triunfo de la revolución. El poder en manos del proletariado, apoyado por los campesinos pobres o los semiproletarios: tal es la única salida, y ya hemos dicho cuáles son las circunstancias que pueden contribuir a acelerarla de manera extraordinaria.

En esta nueva revolución podrán y deberán surgir los Soviets, pero no serán los Soviets actuales, no serán órganos de conciliación con la burguesía, sino órganos de lucha revolucionaria contra ella. Cierto que también entonces propugnaremos la organización de todo el Estado según el tipo de los Soviets. No se trata de los Soviets en general, sino de la lucha frente a la contrarrevolución actual y frente a la traición de los Soviets actuales...

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