miércoles, julio 29

CC Bolchevique: Sobre los acontecimientos de julio

Conferencia Urgente de la Organización de Petrogrado del P.O.S.D.R. (Bolchevique)
16-20 de julio de 1917

INFORME DEL COMITE CENTRAL SOBRE LOS ACONTECIMIENTOS DE JULIO.
por José Stalin

Camaradas:

Se acusa a nuestro Partido, y sobre todo a su Comité Central, de haber provocado y organizado la acción del 3 y del 4 de julio, con el fin de obligar al Comité Ejecutivo Central de los Soviets a tomar el Poder, y si no lo hacía, de tomarlo nosotros mismos.

Ante todo, debo refutar esas acusaciones. El 3 de julio dos representantes del regimiento de ametralladoras irrumpieron en la Conferencia de los bolcheviques y anunciaron que el 1er Regimiento de Ametralladoras se disponía a echarse a la calle. Como recordarán, dijimos a los delegados que los miembros del Partido no podían ir contra las decisiones de éste. Recordarán también que los representantes del regimiento protestaron y dijeron que preferían salir del Partido a ir en contra de la decisión de su regimiento.

El Comité Central de nuestro Partido estimaba que, en la situación creada, una acción de los obreros y de los soldados de Petrogrado no era conveniente. El Comité Central no la consideraba conveniente, porque estaba claro que la ofensiva desencadenada en el frente a iniciativa del gobierno era una aventura; que los soldados, no sabiendo por qué objetivos se les obligaba a atacar, no irían a la ofensiva y que, en caso de una acción nuestra en Petrogrado, los enemigos de la revolución podrían achacarnos la culpa del fracaso de la ofensiva en el frente.

Nosotros queríamos que la responsabilidad del fracaso recayese sobre los verdaderos culpables de esa aventura.

Pero el movimiento comenzó. Los ametralladores habían enviado delegados a las fábricas. A eso de las seis; nos vimos ante el hecho de que enormes masas de obreros y de soldados habían salido a la calle. Alrededor de las cinco, en la reunión del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, declaré oficialmente, en nombre del Comité Central del Partido y de la Conferencia, que habíamos decidido no salir a la calle. Acusarnos, después de esto, de haber organizado la manifestación, es una mentira digna de cínicos calumniadores.

La manifestación había comenzado. ¿Tenía el Partido derecho a lavarse las manos y a inhibirse? Ante la posibilidad de complicaciones aún más graves, no teníamos derecho a lavarnos las manos; como Partido del proletariado, debíamos intervenir en la manifestación y darla un carácter pacífico y organizado, sin plantearnos el objetivo de tomar el Poder por las armas.

Les recordaré hechos análogos de la historia de nuestro movimiento obrero. El 9 de enero de 1905, cuando Gapón llevaba a las masas al palacio del zar, el Partido no se negó a marchar con las masas, aunque veía claro que éstas iban el diablo sabía adónde. Ahora que el movimiento no marchaba bajo las consignas de Gapón, sino bajo nuestras consignas, teníamos todavía menos derecho a inhibirnos. Debíamos intervenir como un regulador, como un partido de contención a fin de proteger al movimiento contra posibles complicaciones.

Los mencheviques y los eseristas pretenden dirigir el movimiento obrero, pero no parecen personas capaces de dirigir a la clase obrera. Sus ataques contra los bolcheviques los denuncian como a gentes que no comprenden en absoluto los deberes de un partido de la clase obrera. Hablan de la última acción de los obreros como gente que ha roto con la clase obrera.

Aquella noche, el Comité Central de nuestro Partido, el Comité de Petersburgo y la Organización Militar resolvieron intervenir en el movimiento espontáneo de los soldados y de los obreros. Los mencheviques y los eseristas, al ver que nos seguían más de 400.000 soldados y obreros, al ver que perdían terreno, declararon que la manifestación de los obreros y de los soldados era una acción contra los Soviets. Yo afirmo que el 4 de julio por la tarde, al acusar a los bolcheviques de traidores a la revolución, los mencheviques y los eseristas traicionaron la revolución, rompieron el frente único revolucionario y concertaron una alianza con las fuerzas contrarrevolucionarias.

Al asestar sus golpes contra los bolcheviques, golpeaban a la revolución.

El 5 de julio, los mencheviques y los eseristas declararon el estado de guerra, organizaron un Estado Mayor y pusieron todos los asuntos en manos de la camarilla militar. Nosotros, que luchábamos por transferir todo el Poder a los Soviets, nos encontramos, de esa manera, en la posición de enemigos armados de los Soviets. Se creó una situación en la que las tropas de los bolcheviques podían verse frente a las tropas de los Soviets. Aceptar la batalla en tales circunstancias hubiera sido una locura por nuestra parte. Nosotros decíamos a los dirigentes de los Soviets: los demócratas constitucionalistas han dimitido; formad bloque con los obreros y que el Poder responda de su gestión ante los Soviets. Pero ellos dieron un paso pérfido y dispusieron para actuar contra nosotros a los cosacos, a los cadetes, a los maleantes y algunos regimientos del frente, haciéndoles creer la mentira de que los bolcheviques iban contra los Soviets. Es de por sí evidente que, en tales condiciones, no podíamos aceptar la batalla a que nos empujaban los mencheviques y los eseristas. Decidimos replegarnos.

El 5 de julio negociamos con el Comité Ejecutivo Central de los Soviets, representado por Líber. Líber puso la condición de que nosotros, es decir, los bolcheviques, debíamos retirar los automóviles blindados del Palacio de Kshesínskaya que los marinos debían abandonar la fortaleza de Pedro y Pablo para reintegrarse a Kronstadt.

Accedimos, a condición de que el Comité Ejecutivo Central de los Soviets protegiese a las organizaciones de nuestro Partido contra posibles asaltos. Líber nos aseguró, en nombre del Comité Ejecutivo Central, que nuestras condiciones serían satisfechas y que el Palacio de Kshesínskaya quedaría a nuestra disposición, en tanto no se nos proporcionase con carácter definitivo otro local. Nosotros cumplimos nuestras promesas. Retiramos los automóviles blindados, y los marinos de Cronstadt accedieron a regresar a su base, pero con las armas. En cambio, el Comité Ejecutivo Central de los Soviets no cumplió ni una sola de sus promesas. El 6 de julio, Kuzmín, el representante militar de los eseristas, nos conminó por teléfono a que en el plazo de cuarenta y cinco minutos evacuásemos el Palacio de Kshesínskaya y la fortaleza de Pedro y Pablo; en caso contrario, amenazaba con lanzar sobre nosotros las fuerzas armadas. El Comité Central de nuestro Partido resolvió evitar por todos los medios la efusión de sangre. El Comité Central me delegó a la fortaleza de Pedro y Pablo, donde conseguí persuadir a los marinos de la guarnición para que no aceptasen combate, ya que la situación había tomado tal giro que podíamos vemos enfrentados a los Soviets. En mi calidad de representante del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, fui, con el menchevique Bogdánov, a ver a Kuzmín. Este lo tenía todo dispuesto para el combate: artillería, caballería, infantería. Tratamos de convencerle de que no recurriera a las armas. Kuzmín se quejó de que “los paisanos le estorban siempre con su ingerencia”, y de mala gana accedió a obedecer al Comité Ejecutivo Central de los Soviets. Para mí está claro que los militares eseristas querían un derramamiento de sangre para dar una “lección” a los obreros, a los soldados y a los marinos. Nosotros les impedimos realizar su pérfido plan.

Mientras tanto, la contrarrevolución se había lanzado a la ofensiva: asaltó y destrucción de la redacción de “Pravda” y de la imprenta “Trud”, palizas y asesinatos de nuestros camaradas, suspensión de nuestros periódicos, etc. A la cabeza de la contrarrevolución está el Comité Central del partido demócrata constitucionalista y, tras él, el Estado Mayor y altos oficiales del ejército, es decir, representantes de esa misma burguesía que quiere hacer la guerra porque se lucra con ella.

La contrarrevolución fortalecíase día tras día. Cada vez que nos dirigíamos al Comité Ejecutivo Central de los Soviets pidiendo explicaciones, nos convencíamos de que era incapaz de prevenir los excesos, de que el Poder no estaba en sus manos, sino en las de la camarilla militar y demócrata-constitucionalista, la cual daba el tono a las fuerzas contrarrevolucionarias.

Los ministros caen como si fueran peleles. Se quiere suplantar el Comité Ejecutivo Central de los Soviets por una conferencia extraordinaria convocada en Moscú, en la que, entre centenares de representantes 'manifiestos de la burguesía, los 280 miembros del Comité Ejecutivo Central se ahogarían como moscas en leche.

El Comité Ejecutivo Central, asustado por el desarrollo del bolchevismo, concierta una vergonzosa alianza con los contrarrevolucionarios, satisfaciendo sus demandas: entrega de los bolcheviques, detención de los delegados del Báltico y desarme de los soldados y de los obreros revolucionarios. Todo esto se arregla con suma sencillez: valiéndose de los tiros de los provocadores, la camarilla defensista urde el pretexto para el desarme y procede a él. Este es, por ejemplo, el caso ocurrido a los obreros de Sestrorietsk, que no tomaron parte en la acción.

El primer indicio de toda contrarrevolución es el desarme de los obreros y de los soldados revolucionarios.

Aquí esta negra labor contrarrevolucionaria ha sido hecha con las manos de Tsereteli y de los otros “ministros socialistas” miembros del Comité Ejecutivo Central de los Soviets. En eso radica todo el peligro. El “gobierno de salvación de la revolución” “consolida” la revolución estrangulándola.

Nuestra tarea es reunir fuerzas, robustecer las organizaciones existentes e impedir que las masas se lancen a acciones prematuras. A la contrarrevolución le conviene provocarnos ahora a un combate, pero nosotros no debemos dejarnos llevar de la provocación, nosotros debemos dar prueba de la máxima serenidad revolucionaria.

Esa es la línea táctica general del Comité Central de nuestro Partido.

En cuanto a la infame calumnia de que nuestros jefes están vendidos al oro alemán, el Comité Central del Partido mantiene la siguiente posición. Acusaciones calumniosas de traición se han hecho contra los jefes revolucionarios del proletariado en todos los países burgueses: en Alemania, contra Liebknecht; en Rusia, contra Lenin. Al Comité Central del Partido no le asombra que los burgueses rusos recurran a este probado método de lucha contra los “elementos indeseables”. Es necesario que los obreros declaren abiertamente que consideran irreprochables a sus jefes, que se solidarizan con ellos y se consideran partícipes de su obra. Los propios obreros se han dirigido al Comité de Petersburgo pidiendo un proyecto de protesta contra la campaña calumniosa que se lleva contra nuestros jefes. El Comité de Petersburgo ha elaborado ese proyecto, que será cubierto de firmas de obreros.

Nuestros adversarios, los mencheviques y los eseristas, se han olvidado de que los acontecimientos no son suscitados por individuos aislados, sino por las fuerzas subterráneas de la revolución, y de esta manera han adoptado el punto de vista de la Ojrana.

Pravda” ha sido suspendida el 6 de julio y que la imprenta “Trud” ha sido clausurada. El servicio de contraespionaje responde que, con toda probabilidad, la clausura será levantada cuando termine la instrucción. Mientras permanezcan inactivos, tendremos que pagar cerca de 30.000 rublos a los cajistas y empleados de “Pravda” y de la imprenta.

Después de los acontecimientos de julio y de lo que ha ocurrido a partir de entonces, no podemos seguir considerando socialistas a los eseristas y a los mencheviques.

Ahora los obreros los llaman social-carceleros.

Hablar de unidad con los social-carceleros, después de todo lo ocurrido, sería un crimen. Debemos lanzar otra consigna: unidad con su ala izquierda, con los internacionalistas que conserven aún cierta dosis de honor revolucionario y estén dispuestos a combatir a la contrarrevolución.

Esa es la línea del Comité Central del Partido.

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