miércoles, agosto 26

La contrarrevolución y los pueblos de Rusia (Stalin)

Proletari Nº 1 del 13 (26) de agosto de 1917

En los días de la revolución y de las transformaciones democráticas, el movimiento se desarrollaba bajo la bandera de la emancipación.

Los campesinos se emancipaban de la omnipotencia de los terratenientes. Los obreros se emancipaban de los caprichos de la dirección de las fábricas. Los soldados se emancipaban de la tiranía de los generales...

El proceso de emancipación no podía menos de extenderse a los pueblos de Rusia, oprimidos durante siglos por el zarismo.

El decreto de la “igualdad de derechos” de los pueblos y la abolición efectiva de las restricciones nacionales; los congresos de los ucranianos, los finlandeses, los bielorrusos y la cuestión de la república federal; la proclamación solemne del derecho de las naciones a la autodeterminación y las promesas oficiales de “no poner obstáculos”: todo ello evidenciaba el gran movimiento de los pueblos de Rusia por la liberación.

Eso fue en los días de la revolución, cuando los terratenientes se habían retirado de la escena y la burguesía imperialista se veía acorralada por el embate de la democracia.

Al retornar al Poder los terratenientes (¡los generales!) y al triunfar la burguesía contrarrevolucionaria, la situación ha cambiado por completo.

Son relegadas al olvido las “grandes palabras” acerca de la autodeterminación y las promesas solemnes de “no poner obstáculos”. Hoy se ponen los obstáculos más increíbles, llegando a la ingerencia franca en la vida interna de los pueblos. Es disuelta la Dieta de Finlandia, con la amenaza de “declarar en Finlandia el estado de sitio si ello fuera necesario” (“Viechérneie Vremia”, 9 de agosto). Se desata una campaña contra la Rada y el Secretariado de Ucrania, con la clara intención de decapitar la autonomía de Ucrania. Al mismo tiempo, resurgen los viejos y despreciables métodos de provocación de choques entre las nacionalidades y la criminal sospecha de “traición”, con el fin de desencadenar las fuerzas contrarrevolucionarias chovinistas y, después, ahogar en torrentes de sangre la idea misma de la liberación nacional, abrir abismos entre los pueblos de Rusia y sembrar la enemistad entre ellos, para alegría de los enemigos de la revolución.

De esa manera se asesta un golpe mortal a la unión de dichos pueblos en una familia estrechamente hermanada.

Es de por sí evidente que la política de “alfilerazos” nacionales no une a los pueblos, sino que los divide, fomentando en ellos las tendencias “separatistas”.

Es de por sí evidente que la política de opresión nacional seguida por la burguesía contrarrevolucionaria encierra ese mismo peligro de “desintegración” de Rusia contra el que la prensa burguesa clama con tal falsedad e hipocresía.

Es de por sí evidente que la política de azuzar a unas nacionalidades contra otras es esa misma despreciable política que, por fomentar la desconfianza mutua y la enemistad entre los pueblos, escinde las fuerzas del proletariado de toda Rusia y mina así los cimientos mismos de la revolución.

Precisamente por eso todas nuestras simpatías están con los pueblos sojuzgados y oprimidos, que luchan, como es natural, contra esa política.

Precisamente por eso dirigimos nuestras armas contra quienes aplican, encubriéndose con el rótulo de la “autodeterminación” de los pueblos, una política de anexiones imperialistas y de “unificación” forzosa.

Nosotros no nos oponemos, en absoluto, a la unión de los pueblos en un solo y único Estado. Nosotros no estamos, ni mucho menos, en favor de la división de los grandes Estados en Estados pequeños, pues es evidente de por sí que la unión de los pequeños Estados en Estados grandes constituye una de las condiciones que facilitan el establecimiento del socialismo.

Pero nosotros somos resueltos partidarios de que esa unión sea voluntaria, porque sólo así será verdadera y sólida.

Mas para ello se precisa, ante todo, el reconocimiento total y absoluto del derecho de los pueblos de Rusia a la autodeterminación, incluido el derecho de separarse de Rusia.

Es necesario, además, que el reconocimiento verbal sea respaldo por hechos, que se permita a los pueblos determinar ya ahora en sus asambleas constituyentes acerca de sus territorios y de las formas de su estructuración política.

Esa es la única política que puede fortalecer la confianza y la amistad entre los pueblos. Esa es la única política que puede abrir el camino a la verdadera unión de los pueblos.

No cabe duda de que los pueblos de Rusia no son infalibles y pueden cometer errores al organizar su vida. Es deber de los marxistas rusos señalar esos errores a los pueblos y, en primer lugar, a sus proletarios, y esforzarse por corregirlos mediante la crítica y la persuasión. Pero nadie tiene derecho a inmiscuirse por la violencia en la vida interna de las naciones y a “enmendar” por la fuerza sus errores. Las naciones son soberanas en cuanto a su vida interna se refiere y tienen derecho a organizarse conforme a sus deseos.

Estas son las reivindicaciones fundamentales de los pueblos de Rusia, proclamadas por la revolución y que la contrarrevolución está ahora pisoteando.

Es imposible llevar a efecto esas reivindicaciones mientras las fuerzas contrarrevolucionarias estén en el Poder.

La victoria de la revolución es el único camino para emancipar de la opresión nacional a los pueblos de Rusia.

Conclusión única: el problema de la emancipación del yugo nacional es un problema relacionado con el Poder. La opresión nacional tiene sus raíces en la dominación de los terratenientes y de la burguesía imperialista. Transferir el Poder al proletariado y a los campesinos revolucionarios supone, precisamente, emancipar de toda opresión nacional a los pueblos de Rusia.

O los pueblos de Rusia apoyan la lucha revolucionaria de los obreros por el Poder, en cuyo caso obtendrán su liberación; o no la apoyan, en cuyo caso no verán su liberación como no ven sus propias orejas.

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